¿Que será de ti pequeña Felicidad?

No me quiso decir su nombre. A cambio de su nombre me regaló una sonrisa tan tierna que hicieron fluir de mis ojos unos cristales, que luego cuando partí, supe que le pertenecían a ella. Su mirada me recordó las palabras de aquel aviador francés de la segunda guerra mundial caído en combate, cuando agobiado por su soledad, en una de esas noches frías del Sahara puso en labios de un pequeño Príncipe una de las frases más profunda que la posteridad nos brinda. Sí, lo esencial es invisible para los ojos. Y esta pequeña color de ébano lo sabía.
Puede que ya no la vuelva a ver. Pero asumiré que se llama Felicidad. Y para mí, su nombre, se lo ganó por su heroicidad. Es que se es un héroe cuando cargado por un presente lleno de miseria, dolor e indiferencia, se es feliz. Su fortaleza ahora es su infancia. A lo mejor cuando la pierda, ella ya no será la heroína que una tarde de domingo conocí en un gueto de pobreza de Machala. Su mundo la empuja con una cruel fuerza a sumarse a las frías cifras que la policía comúnmente nos brinda a los periodistas que cubrimos crónica roja. Y tal vez a la larga su mundo le venza. O puede que ella lo venza. Solo el tiempo se lo revelará. Pero para mí su nombre siempre será Felicidad. Esa tarde, cuando el patrullero policial en que me trasladaba a cubrir un suceso se aparcó, desde fuera, desde su mundo, me dio una lección. Y me la enseñó con su tierna mirada. Me habló con su alma diciéndome “señor, usted, si usted el que me sonríe y no deja de verme, aun no siendo yo a quien busca, sepa usted que, lo esencial es invisible para sus ojos” y me sonrió.