Respétennos, respétense

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Por Xavier Villacís

Como sociedad somos conscientes de los tiempos turbios en que vivimos, tanto para los valores que nos dignifican como  individuo, como los que dignifican la moral pública. Reconocemos que a través de la religión, familia y demás instituciones sociales nos estructuramos como personas. Con normas determinadas y aceptadas desde siempre,  buscamos dejar lo animal e instintivo, humanizarnos diferenciando entre el bien y mal, formarnos moralmente.

Desde el hogar se aprende el respeto a lo ajeno, a lo superior, padres, Dios, familia, el ser solidarios y respetarnos primero como individuos para luego respetar a los demás. Esto último, para beneficio de estas líneas, lo remarco: desde el hogar aprendemos a respetarnos como individuo para luego respetar a los demás. Y luego en la educación formal seguimos ese mismo fin.

En ese sentido ¿A quién le gustaría que su hijo sea un criminal o un político corrupto? A nadie con una estructura moral bien definida. Incluso quien hace de tales normas su estilo de vida, pero es consciente de lo perjudicial que resultan, tanto para la sociedad como para el individuo, evitaría inculcar en sus hijos esas conductas. Claro, de tener conciencia.

De igual forma ¿Qué padre moralmente solvente desearía ver, por ejemplo, a su hija de amante de dignatarios o termine prostituyéndose, beneficiándose de las sábanas de ella? Ninguno. Lamentablemente también existen quienes se la juegan por lo inmoral, con familia incluida. Esta apuesta de vida resulta más perjudicial cuando llega al espacio público, en razón de la mayor exposición de esa mala conducta.

Por tales motivos y apelando al último resquicio moral -en caso de existir- de ciertos políticos y dignatarios, el llamado a dejar de ser tan inmorales volviendo a sus hijos/as cómplices de la corrupción o a sus amantes, funcionarias de sus alcaldías y prefecturas. Piensen un rato en los demás, en los jóvenes que ven y atienden su proceder. Respétennos y respétense, no perviertan más nuestra sociedad, ni hagan de su pública inmoralidad una norma a seguir. (O)

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