El mito del déspota

Mientras estaba en el poder su equipo de propaganda le vendió el mito de ser un gobernante adorado por sus compatriotas. Que tras su partida también lo venerarían eternamente. Ese equipo de ilusionistas, sanguijuelas de arcas públicas, inundaron de similares relatos todos los rincones patrios procurando edificar el mito. La permanente propaganda a través de todos los medios imaginables, había hecho lo suyo entre la gente. Lo restante –se dedujo luego- lo hizo el miedo que desde el poder el déspota había sembrado para gobernar.

Pero como se conoce, al final no hay crimen perfecto ni siempre se encuentra un tonto que se haga cargo de robo ajeno. A la vuelta de un cortísimo tiempo, luego de haber abandonado el poder, el mito empezó a tambalearse. Se revelaron atracos y abusos. Las satrapías del déspota y de los suyos tomaron luz.  Sin la publicidad que aturde, sin el miedo paralizante, todo el pueblo empezó a ver que la mesa –la cual les había dicho estaría por siempre servida- lucía vacía. A la gente le habían robado hasta las vajillas.

Como en esos relatos y filmes noir, el déspota decidió volver a la escena del crimen. Decisión que le deparó graves consecuencias y a la que le sumó otro error: se hizo de los mismos ilusionistas, saqueadores de arcas ajenas, que en su momento le hicieron creer sería venerado eternamente. En esta ocasión le vendieron la idea de que él podía, a base de embauques, de vuelta engañar a la gente y hacerles creer lo que él quiera y lograr impunidad ante la justicia e historia.

Cuando empezó a recorrer el que fue su reino y a descargar diatribas contra quienes le habían quitado al pueblo la venda de los ojos, de entre la multitud alguien le lanzó un huevo y luego otros hicieron lo mismo. Lo querían callar, que se marchase del lugar donde se detenía con sus engaños y odios. Lo insultaron sin reparo ni respeto alguno. Así, corrido de plazas y calles, humillado por muchos, cercado por la ira popular, el mito del déspota terminó por derrumbarse. Fin. (O)

Xavier Villacís

Columna publicada en Diario El Telégrafo